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miércoles, 2 de marzo de 2016

042 - Artelex - 2da Parte

(Si la jerga no se entiende, deja tu comentario abajo e intentaré responderte. Gracias por leer)


Camino al barrio Marqués, Pancután nos advirtió que Artelex estaba ligado con “Los tumba de Zumarán” por lo que buscar ayuda en “Guachines del Marqués” sería la mejor opción. Sus exactas palabras.

Cruzamos el barrio mientras veíamos a los vecinos conversando en las veredas disfrutando de un poco de fresco en la noche. Algunos tomando cerveza, sentados en grupos de a tres o cuatro. Los niños jugando debajo de los focos de alumbrado público. Un barrio tranquilo.
Pero llegamos a la zona lúgubre, las veredas un poco más angostas, y las siluetas recortadas en la penumbra daba un tinte diferente. Disminuí la velocidad para que no se viera tan hostil nuestra aparición en los límites de los dominios de la banda.
Pancután bajó su ventanilla e hizo señas con su mano abierta. Dos personas se acercaron por el costado derecho, no tenían más de 25 años. El más alto encendió un cigarro mientras inspeccionaba a Pancután con mala cara − si que tené güevos pa aparecer por acá, guachín… − dijo mientras le daba una larga seca al cigarrillo.
− ¡Qué pitiai culiá! − dijo el otro mientras lo alejaba de la puerta con el hombro. − ¡Hoooola, pá! ¿Quí onda ese cuerpo, hermano? tanto tiempo qui ni aparecei por el barrrio − se dirigió a Pancután mientras lo saludaba enérgicamente tomando su mano y golpeando suavemente su hombro derecho contra el hombro del narigón, que se había asomado por la ventanilla del auto.

− Laburando a full, Rulín … como siempre. − respondió Pancután − ¿y vos? ya te curaste del hombro por lo que veo. − el joven afirmó con la cabeza − no era pa tanto, tampoco. Un tiro, pero nada má, pa. −

− Ando buscando al Alexis ¿lo has visto? − preguntó Pancután luego de la cordial introducción. Rulín, como le llamaban, habló algo por lo bajo con su compañero y nos dió las indicaciones. Encontraríamos a este Alexis, en la casa Mirta, su hermana mayor. Pancután nos indicó el camino.
En el tiempo recorrido, nos adentramos en la “zona linda” del barrio, calles amplias y veredas decoradas y enrejadas. Al pasar un bulevar tomamos por una de las calles diagonales, las luces en estas cuadras no funcionaban o habían sido rotas, las luces del auto marcaban el camino, pero sabíamos que nos estaban vigilando desde que entramos.
− Rulín ya debe haber avisado que veníamos. Estos se manejan así. − dijo Pancután, mientras martillaba el revólver 45 en su sobaquera − … de Alexis me fío, pero no digo nada del resto de matones viven por acá. − dijo. Inés también preparó su arma.

Al llegar a la mitad de la siguiente cuadra, nos cortó el paso un tipo de enormes proporciones. Aunque he visto más grandes, encontrar a alguien de 2 metros de altura y 150 kilogramos, es difícil en este este mundo. Sus manos se juntaban frente a su pelvis, y en su mano izquierda sostenía un Glock 10 milímetros. ¿Dónde la habrá conseguido? se me cruzó por la cabeza, siendo un arma de uso militar.
− ¡¡De todos los matones, tenía que ser el Colo!! − gritó Pancután, con fuerza asomando levemente su cabeza por la ventanilla.
− Narigón, bajate del auto y soltá los fierros. El Alexis ia sabe que veniste, pero no te queremo acá, guachin. − dijo, sacudiendo el arma un par de veces enfrente de las luces de mi auto.
Miré a Pancután, esperando que diga que debíamos hacer. Nos iba a costar demasiado caro intentar pelear contra este tipo, pero sería un viaje en vano si no conseguíamos hablar con Alexis.
− Eugenio, dejame llegar hasta la casa de la Mirta y después arreglamos los problemas. − respondió Pancután, pero al Colo no le gustó nada que le llamaran por su nombre. Lo vi en su mirada y me preparé. Su mano se movió rápidamente y apuntó hacia mi compañero. Moví su mano justo a tiempo para que el disparo pasara por arriba del techo del auto, era muy fuerte para dominarle su cuerpo, pero he entrenado mucho en este poder y sé controlarlo a la perfección. El tipo me miró, porque sabía que era yo quien estaba haciendo girar su brazo e intentó ayudarse con la otra mano, pero hice se disparara en la pierna derecha, el dolor lo tiró al suelo.
En aquel momento, vimos unos 20 tipos que nos rodeaban. Cuando el primero intentó tirarse contra el auto, se escuchó el grito Alexis desde la vereda derecha. − ¡¡La cortan, caarajo!! − y todos quedaron en silencio. − Pero Alexi, le dispararon al Colo. Estos guachos que se creen… − increpó uno del montón. − El Colo se maandó sólo y ellos taambién tienen fierro. ¿qué peensaban? … yaa sé que el Nariigón tiene güevos pa venir por el barrrio despue del quiloombaso que hizo, y que el Esteban, el Ioni y el Matu caieron en cana por su culpa. Pero por ahí viene a disculpaase. ¿o no? − no espero a la respuesta y continuó − … bajen del auto, mierdas − y golpeó el techo, del lado de Pancután.
Ya veía que eso terminaría en una balacera, pero Pancután sacó su arma por la ventanilla con el caño hacia arriba y sosteniéndola con un dedo, abrió la puerta y bajó. Inmediatamente alguien le quitó el arma. − … cuidado con eso. Voy a necesitarlo más luego… − advirtió y me hizo señas para que también bajara.
Inés estuvo indecisa unos segundos y luego bajó.
− Aaah, bueeeno. ¡Qué hermosa guacha, papá! − dijo Alexis mientras se dirigía hacia la puerta trasera. Cerré la puerta y me miró fijamente. En la penumbra no creo que vaya a poder verme, pensé.
− Acá no se ve unaa mierda. Vamo aadentro. − dijo mientras alguien nos revisaba buscando más armas. A Pancután le encontraron varias más.

Estaba toda la familia reunida. Los niños se asomaban curiosos desde el fondo. Alexis se sentó en el sillón enfrente de la televisión.
− ¿Qué venís a haacer aacá? porque no creo que sea a pedir disculpas. − dijo, con su mirada clavada en el televisor.
Pancután saltó con su rodilla encogida y el sonido de la mandíbula se escuchó claramente en la habitación. Los niños corrieron hacia dentro a toda prisa. Me tomó un poco por sorpresa pero reaccioné antes que los tipos que estaban en la vereda se dieran cuenta y cerré la puerta.
Alexis es un muchacho de algo más de treinta años, de contextura física masisa, criado a los golpes, de la calle y los padres. Pero Pancután lo inmovilizó en una sola acción. − Sabés muy bien, pendejo de mierda, que odio que no me miren cuando me hablan. − dijo mientras le presionaba la garganta con la rodilla. En su otra mano, un pequeño filo le estaba perforando la ropa a la altura de las costillas. − … si vuelvo al barrio, ¿cuál es? … vengo porque te iba a dar una oportunidad para que vos y los muchachos tuviesen unos mangos para el asado. Pero el señorito se quiere hacer el gallito en frente a los otros pelotuditos que tiene por seguidores… − le volví a ver esa mirada de loco que algunas veces pone y tuve que llamarle la atención para que vea que el muchacho se estaba muriendo debajo de su rodilla.
En ese momento, otro hombre de unos cincuenta y tantos años entró en la habitación con una pistola, primero apuntó a Inés que había estado parada todo el tiempo contra la pared y al no ver que fuese una amenaza, apuntó a Pancután. Inmediatamente, Inés golpeó al hombre de costado, fuertemente debajo de las costillas, sobre el pecho y en el antebrazo. El brazo que sostenía el arma cayó sin fuerzas y la pistola rodó un par de metros en mi dirección. No me moví.
− Jo jo!! − exclamó Pancután y soltó al muchacho. − … ahora vas a escuchar tranquilito, lo que tengo que decir. Vas a decidir si me ayudas o no y luego nosotros nos vamos a casita, con todas nuestras cosas. ¿Estamos claros? − dijo palmeando el hombro del muchacho.

Alexis escuchó atentamente, tal y como Pancután le había dicho. El hombre que entró a defenderlo era el esposo de su hermana; un hombre con mucha calle y mucha experiencia mal ganada. Lo miraba con su cara muy seria.
− Estás haablando que nos caaguemo a tiro con lo tumbas de Zumarán. − dijo luego de pensarlo unos minutos.
− ¿No es algo que tienen ganas de hacer desde hace rato? Acordate del Migue, del gringo Monzón, de Papito. Todos muertos por estos guachos. Y lo que pasó con Esteban y Matu fue culpa de los quilombos que armaron en el baile de fin de año de la Mona. Justamente porque el gringo se había atado a las piñas con el Pulga de Zumarán… ¿y quien salió a defenderlo? papá − dijo golpeándose el pecho − … y cuando le clavaron la punta al gringo, fueron ellos dos que sacaron los fierros y lo cuetiaron ahí nomás al Pulga. ¿Quién es el gil otario? − Pancután se estaba desahogando de una vieja historia pasada. Quizás la venida al barrio, había servido. Obviamente, en el barrio tenían otra versión.
− Si no querés hacerlo por los del barrio, pensá en las veinte luquitas que tengo para pagarte. − Concluyó. Si algo faltaba para convencerlo, era el signo pesos en el trato.
Alexis miró al hombre unos segundos, y este le devolvió la mirada. No dijeron palabra. Al cabo de unos segundos, Alexis respondió: “¿A quién vamos a pegarle?”

− Vamos por un hijo de remil … llamado Artelex, pero vos ocupate de su bandita. Los Tumba de Zumaran… − respondió Pancután, apretando con fuerza la mano del joven − … de Artelex, nos ocupamos nosotros. −


Gracias por la paciencia, acá les dejo el nuevo episodio y espero que les guste. Por ahí la jerga cordobesa no se entienda. Si es así, dejen su comentario abajo y trataré de responder.
Que lo disfruten.

miércoles, 20 de enero de 2016

041 - Artelex



Intenté tranquilizar a Inés varias veces − En unos minutos estaré bien… − pero creo que no quería escucharme y seguía insultándome. Había accedido a que llamase una ambulancia, pues habían muchas personas en el lugar y se vería aún peor si me levantaba con el agujero en mi espalda y como si nada hubiese pasado. El paramédico me decía que mi presión sanguínea estaba normal y que mi amiga había hecho un excelente trabajo en tapar la salida de sangre, hasta que ellos llegaron. Yo solamente sonreía.

Cuando llegamos al hospital, los enfermeros me pasaron a Urgencias y el camillero se encargó de llenar el informe de entrada. Fue el momento que aproveché para levantarme. Sentí una fuerte punzada en la espalda y la bala de alto calibre se deslizó entre la ropa para caer en mi mano.
Empujé a Inés que me miraba algo desconcertada y la guié hacia la puerta de salida, esperando que la policía no estuviese interesada en hacer preguntas. Mi herida ya había sanado.
Al salir a la rampa del Hospital de Urgencias, no vimos ningún policía y nos apresuramos a tomar un taxi sobre la calle Catamarca.

Me fue algo extraño hablar con ella al principio, pero al pasar los minutos sentía como si la conociese desde hace mucho tiempo.
Al llegar a mi departamento, me contó algunas cosas que para ella eran como sueños, pero varias de ellas caí en cuenta que eran recuerdos de Ben o de alguien más.
− Por lo que veo, puedo decir que mi alma es muy vieja... − dijo, mientras sorbía el mate − he recordado cosas de alguien anterior a Ben que ya tenía conocimientos de estas cosas, y por lo que recuerdo también conoció a Pancután y al Jefe. Pero no tengo recuerdos de su muerte o de sus últimos momentos de su vida. −
La tarde ya había manchado el cielo con esos tonos naranja y amarillos que tanto me gustan. Y me hace sentir que es el único lugar en el mundo donde se ven estos atardeceres.
Quería saber un poco más de eso que llaman La Metrópolis − Es sólo un mito… − dijo como atajando mi batería de preguntas. − Pero recuerdo algunas personas que estaban investigando aquel lugar, cuando Ben se unió al grupo. − Yo deambulaba por la cocina, sin encontrar un lugar que me hiciera sentir cómodo, apoyándome en sillas y la mesada pero sin poder elegir un sitio.
− ¿Pero qué sabes de eso en concreto? − pregunté, y el timbre de la puerta interrumpió la respuesta. − ...antes que respondas... tengo que decir que esta otra persona que recuerdo, tenía documentos encontrados en una investigación que dicen mucho más de lo que nadie más sabe… escritos por un tal Martin Perez Garzo − el nombre ya me dijo mucho. Este tipo estaba muy metido en todos estos temas.

Abrí la puerta, pues era Pancután.
Obviamente ya sabía que estaba con Inés, y por supuesto no le agradaba para nada la reunión extraoficial. Pero eso no era algo que me preocupase.
− Si Ariel tenía algo de nuestras investigaciones, obviamente deberían estar en nuestras manos… − dijo Pancután al pasar. ¿Cómo podía saber lo que habíamos hablado unos instantes antes?
Inés se le quedó mirando, como calculando que responderle. Pero al cabo de unos segundos optó por ignorarlo.
− No tengo recuerdos concretos, pero... ¿ustedes no tienen las cosas que eran de tu compañero… Ariel Castel? me cuesta creer que se les haya pasado algo, sobretodo tan importante. − dijo Inés en tono un tanto irónico.
Pancután detalló las cosas que él mismo guardó después de la muerte de su compañero previo a Ben, que había muerto en un tiroteo en una pizzería la noche que se iban a juntar para ver las evidencias que estaba recopilado.
Cuando Inés le preguntó si con él habían encontrado algo referido a la investigación, Pancután negó con la cabeza − …el lugar fue incendiado por los atacantes hasta los cimientos. Por poco no pudimos reconocer su cuerpo. − respondió.

Era necesario hablar largo, así que decidimos pedir comida de delivery y cenar en mi departamento.
Eventualmente salió el tema de Artelex, y yo les relaté los encuentros que había tenido con aquel sujeto, y las cosas que le había visto hacer. Se miraron por unos segundos − ¡un hijo de la noche! − dijeron al unísono. Yo no entendí a qué hacían referencia. − Según él es el hijo del Diablo… − intenté responder, pero Inés me interrumpió.
− Yo tampoco entiendo bien el término, pero me es familiar… serían personas que de alguna forma han ganado poder más allá de lo ordinario, pero a su vez han perdido de alguna forma su humanidad. − miró a Pancután para corroborar que le había acertado, pero él no respondió.
Inés hizo referencia a un sueño que había tenido:
Se veía entrando a un pasillo largo con varias puertas a los costados y sabía que detrás tenía un ascensor, por lo que piensa que podría ser un edificio de departamentos. La estructura era vieja, gastada y el palier era alumbrado tenuemente. Recordaba algunos sonidos de discusiones de los inquilinos en los departamentos cercanos. El ambiente era muy hostil.
Escuchó un disparo que venía desde el último departamento y se apresuró hasta la puerta, que estaba entreabierta.
Sintió algo muy oscuro que la rodeaba de repente y al abrir la puerta vio un hombre con las manos oscuras, como si se las hubiese tatuado hasta el codo. Sostenía una escopeta por el caño y en el piso yacía sin vida un hombre gordo, algo pelado. Tenía la garganta arrancada y una mano aún intentando sostener el arma.
Ella no podía moverse, como si un miedo primitivo y peligroso la hubiese invadido de repente.
El hombre soltó la escopeta y levantó un pesado libro con tapas de cuero, que estaba tirado a un costado del cadáver. No recuerda el libro con precisión, pero sí recuerda que las tapas de cuero crujieron cuando el hombre lo abrió. Recuerda perfectamente la sonrisa maliciosa que se formó en su rostro fino y bien cuidado.
El hombre recogió la escopeta, sacó de un bolsillo del cadáver un cartucho, luego de verificar la recámara y recargar el arma, se la pasó a ella. Recuerda los labios perfectos del hombre al pronunciar las palabras: “Estuviste en el lugar equivocado… y lamentablemente para tí, tienes que morir.”
Los deseos profundos a resistirse a aquella orden fueron menores al deseo impuesto por obedecerla y este recuerdo termina en oscuridad, luego de jalar el gatillo.

Estábamos seguros que aquel hombre no era otro que el mismo Artelex.
Permanecimos en silencio unos minutos, cada uno asimilando a su manera aquel relato. Yo estaba seguro que tarde o temprano iba a tener que encontrarlo nuevamente.
− Este tipo ya estaba vinculado con algunos mafiosos locales en operaciones oscuras… − dijo Pancután − pero no creí que tuviese semejantes habilidades. −
Busqué en uno de mis bolsillos, mi pequeña cartera de cuero y metiendo mi mano hasta el codo, extraje el Libro. Sentía un cosquilleo en los dedos que hacía mucho tiempo no lo sentía. − ¿Era parecido a este libro? − pregunté a Inés, mientras miraba su rostro sorprendido por el sencillo truco de magia.
Negó con su cabeza. − No, era más ancho y recuerdo que tenía un símbolo dorado en el lomo… − dijo mirando hacia un costado, como intentando recordar los detalles.
− Este libro me ha traído muchos dolores de cabeza, pero estoy seguro que es importante, porque muchos se han tomado demasiadas molestias en intentar conseguirlo. Algunos apostando hasta su propia vida. − recordé en ese momento algunos de los rostros de mis amigos, involucrados directa o indirectamente.

− ¿Qué hacemos ahora? − increpó Pancután, acostumbrado a ir directamente a la acción. − La Organización podría rastrear a este tipo y decirnos directamente dónde está… si él tiene otro de estos libros, quizás nos sea de utilidad también a nosotros. −
− ¿Cómo o para qué? − pensé en vos alta.
− Me extraña, Quike… vos querés volver a tu mundo ¿verdad? seguro que se puede hacer algo con esos libros. El Padre Malakai nos podría dar una mano en su lectura. Es la persona más versada que conozco… − me respondió con tono de tener todo resuelto.
Hice una seña con mi mano − Haz lo tuyo… veamos cómo nos puede ayudar la Organización. − respondí. Inés me apoyó con un gesto de su cabeza.

Pancután pasó un rato largo hablando por teléfono, llamó a varias personas, hasta que por fin volvió a nosotros con su rostro impávido como siempre.
Había conseguido una pista de dónde podía encontrar a Artelex, pero nunca hizo alarde de ello. Como si siempre hubiese estado seguro que lo lograría.
− Por lo que me dicen, vamos a necesitar carne de cañón… digo, ayuda de algunos incautos… digo, ayuda de algunos mercenarios. − dijo afirmando con fuerza con su cabeza.
− Conozco a unos locos del Marqués que por unos morlacos seguro nos dan una mano… pero son mercenarios. No nos fiemos que vayan a arriesgar el pellejo por nosotros. − continuó.
Después de todo no pretendo que alguien se sacrifique por mí. Más si no los conozco.


Pido disculpas por la falta de constancia al postear los episodios, pero un problema personal hizo que me tomara unos días. Un abrazo a todos y gracias por la paciencia.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

040 - Todo vuelve - 2da Parte



Me había quedado mirando el arma de Pancután unos minutos, y creo que lo puso muy incómodo, porque me recriminó que no estaba ya cruzando la calle hacia la Plaza Italia. Indicó con la palma abierta hacia el otro lado de la plaza y cruzó la calle sin mirar.
Tengo que aceptar que el tipo tiene suerte, porque ningún automóvil se atrevió a embestirlo. Yo esperé que no viniese ninguno y crucé. Su cara de hastío me hizo notar que estaba haciéndolo perder el tiempo, pero igualmente lo hice esperar.
Mal estacionado sobre la calle 27 de Abril, estaba un viejo Ford Falcon verde oscuro. En otras épocas me hubiese dado algo de recelo entrar en aquel auto, y se que hay gente que tiene recuerdos de leyendas urbanas acerca de personas siendo secuestradas en este mismo modelo de auto. Pero creo conocer un poco a Pancután y ya tenía curiosidad por conocer a su jefe que tanto le había oído mencionar.

Lo primero que le pregunté luego de un prolongado silencio, mientras nos dirigíamos hacia un barrio cercano a la Av. Fuerza Aérea, fue si había hablado con Inés. Apartó su vista que había estado clavada en la calle durante un buen rato para responderme escueta y negativamente y volvió a su tarea que se notaba a simple vista que le costaba horrores. No sabía si seguir indagando al respecto.
Luego de dar varias vueltas en el laberinto de calles, se excusó − Era Ben, el que siempre manejaba… −
Frenamos frente a una construcción con un pequeño patio frontal con césped bien cuidado detrás de unas rejas blancas.
Pancután se bajó y yo lo imité, mirando todo alrededor. El lugar no parecía nada extraño y quizás esa era la mejor cobertura contra los fisgones. Abrió la puerta de rejas, y caminó los pocos pasos hasta la puerta de metal en la entrada de la casa, mirando una cámara colocada por arriba del dintel. Sonrió, y la puerta se abrió con el típico chillido eléctrico.

Me hizo pasar a una sala de estar, con decoración minimalista, ventanales que daban a un patio interno en la pared más alejada, la chimenea de piedra y unos sillones de cuerina blanca, era lo que más destacaba. No podía sentir nada en el lugar. − No toqués nada. Esperá acá. − advirtió mientras se adentraba en un pasillo lateral.
Observé las cámaras repartidas en la habitación y no me costó mucho darme cuenta que no había puntos ciegos en la distribución. Miré por las ventanas, y vi tres perros de considerable tamaño que miraban hacia mi dirección, interesados.
Los vidrios de todas las ventanas, incluyendo por las que yo miraba estaban ahumadas y por lo que apreciaba, no se veía hacia el interior.
Escuché pasos en el pasillo. Levanté con mi mente, los ceniceros de cristal de la pequeña mesa al lado del sillón, y los hice rotar a mi alrededor. − Técnicamente no toqué nada… − hice la broma, creyendo que Pancután había regresado. En su lugar, vi un hombre corpulento, de baja estatura, y de pocos cabellos blancos en su cabeza.
− Continue, continue… quise verlo con mis propios ojos. − dijo divertido, agitando en círculos su mano derecha. Pancután se tapaba la cara con su mano, mientras maldecía por lo bajo ser él quién me conocía.
− Puedo dejarlos orbitar mi cuerpo un rato mientras hablamos, Señor … − hice una pausa para que él completara la frase con su nombre. − Jefe… − dijo mientras se acomodaba en el sillón blanco y me indicaba otro sillón enfrente de él.

Se notaba que el anonimato era parte de su trabajo, y se me ocurrió un aire a agente secreto de película. Le seguí el juego.
− Pancután me dijo que quería verme − dije mientras me acomodaba en mi lugar. Quería ver qué era lo importante que tenía para decirme, pero tenía también el agrio sabor de la posibilidad de escuchar algo que yo ya sabía.
− Respondemos a una organización mucho más poderosa e influyente que cualquier otra en todo el territorio. Tanto así, que el mismo Servicio Secreto se comprometería si así lo demandamos… Por supuesto no tengo prueba alguna de lo que estoy diciendo, porque así lo demanda la misma organización. − se cruzó de brazos, mientras lo decía.

La charla llevó varias horas. Tiempo que se tomó en contarme varias cosas que yo sospechaba, pero que ellos tenían evidencias concretas. Era evidente que conocía sobre mí, incluso algunas cosas que no le había contado a nadie. En la charla salió el tema de mi viejo enemigo Artelex, que según me comentó, había estado trabajando con varias empresas ficticias buscando lo que “el Jefe” llamó Las Puertas de la Metrópolis.
Acerca de estos lugares, también tenían mucha información y lo entendí como puertas dimensionales a un lugar que coexiste con nuestra realidad, pero donde la magia y la tecnología trabajan juntas para beneficiar a una raza aristocrática de Arcontes Celestiales, que manejan la realidad humana a su gusto. − Un cuento de ciencia ficción muy bien contado. − mi pensamiento se estaba debatiendo entre creer por lo que sé o irme y dejar a estos lunáticos atrás para volver a mi rutina centenaria en el mundo ignorante.
El Jefe seguramente había dado esta misma charla a varias personas antes de mí y mi reacción no le pareció extraña.
− Muchas cosas de lo que le cuento son recuerdos reprimidos de cientos de cordobeses que fueron indagados por nuestros psiquiatras expertos en los últimos cincuenta años, y casi todos dieron la misma información sin conocerse entre ellos, siquiera. Uno de ellos es Ben. −
En aquel momento se me antojó llamar a Inés, para ver si lo que estaba escuchando era verdad.
El tono del celular de Pancután sonó, con el rift de guitarra apropiado para la situación: “The Call of Ktulu” y lo dejó sonar unos cuantos segundos antes de responder. El Jefe miró su reloj − tan puntual como siempre… algunas cosas no cambian. − exclamó mirándome.
“Ya era hora que llamaras…” escuché el susurro de Pancután y afirmó con la cabeza, mientras le pasaba el teléfono al otro hombre.
− Hermana Inés… − comenzó su conversación, y una gran sonrisa se le dibujó en su rostro regordete.
Una serie de afirmaciones y negaciones sucesivas eran todo lo que salían enérgicas de su boca. − Venga a la oficina en Córdoba y veremos cómo podemos ayudarnos mutuamente. ¡Sí! − finalizó la conversación y cortó la llamada.
− Parece ser que la Hermana Inés tiene mucha más información acerca de su conocido que nosotros. Así que esperemos a que ella venga y continuamos con nuestra charla. − se despidió diciéndome que Pancután me buscaría cuando estuviesen listos para la reunión.

Inés me llamó caída la tarde. Me comentó que ya estaba en la ciudad y no le sorprendió ver que yo ya estaba al tanto de los detalles de su venida.
− Supuse que el Jefe te buscaría. Y seguramente está viendo el momento y la oportunidad para ofrecerte que trabajes con ellos… pero charlemos de esto en persona. − parece que sus ideas ya se habían aclarado.
Quedamos en juntarnos en un café a unas cuadras de mi departamento, pero me advirtió que quizás no la reconocería con su ropa de laica, y por eso estaría esperando en la puerta del café. No le preocupaba esperar ahí.
Caminé la distancia tratando de no pensar mucho, pero inevitablemente terminé recopilando en mi cabeza todos los hechos sucedidos en los últimos meses. Y es difícil no caer en la cuenta que mi vida ha dejado de ser lo tranquila que era en el primer centenario de mi estadía en Argentina. Además, no podía dejar de pensar que se podría poner peor.
Llegué al lugar y efectivamente, una atractiva pero conservadora mujer estaba esperándome en la entrada del café. Dejé pasar los autos que venían y avancé hacia ella. Ya me había visto.
En ese momento sentí una sensación muy extraña. La sensación de dejá vu, y vi a mi amigo Francisco Duarte ser alcanzado por una bala que le perforó el corazón en frente a mis propios ojos. Miré hacia todos lados, y la adrenalina en mi cuerpo me hizo reaccionar mucho más rápido de lo normal. Mucha gente me vio moverme a una velocidad colosal, lo noté en los ojos de Inés. Corrí hacia ella cuando escuché un disparo a unos 200 metros de nuestra posición y sentí la perforación en mi espalda cuando intentaba cubrirla con mi cuerpo.
Ahora era yo el que se desangraba. Mis piernas no aguantaron mi propio peso y me desplomé en la vereda. Veía a Inés gritándome, pero tenía muchos ruidos en mi cabeza.

Me disculpo por la demora en mis posteos, estas semanas estuve bastante ocupado en otra parte de este mismo proyecto y agradezco a todos los LocosCba, a Luisi y a Leyla por darme una enorme mano con eso. Ya mostraré de que se trata. Hasta la próxima.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

039 - Todo vuelve


De regreso en mi departamento de barrio San Martín, encuentro varios mensajes y cartas tirados descuidadamente por debajo de la puerta. Hacía meses que no estaba en este departamento, pero aun así estaba impecable. Hurgué la alacena en busca de galletas, como si supiese exactamente lo que iba a encontrar. Bajé las cosas necesarias para hacer un café y nos sentamos en silencio a disfrutar de la vista de la ciudad. Jimena, como siempre sonreía, como aliviada de presiones y horrores que había vivido en los últimos días.
Habíamos tenido una semana en Tafí del Valle, algo más agitada de lo planeado, pero después de todo había podido encontrar a Ben o como sea que ahora se llame, y eso le había puesto una cuota de buen condimento al viaje.

Después de dejar a Jimena en su casa, dí algunas vueltas por la ciudad, como para aclimatarme nuevamente, aunque sinceramente no era realmente necesario hacerlo, disfruto mucho caminar por La Cañada viendo a la gente pasear en las tardes de La Docta. La mente en blanco y sin preocupaciones. Sólo disfrutando del momento.
Apoyado en el muro de La Cañada, extraje el manojo de cartas de mi mochila y las revisé tranquilamente.

Los árboles frente a la Plaza Italia de alguna forma me hacen recordar a los jardines en la ciudad de Gulg, y sin querer mi mente vuelve a caminar bajo los viejos pilares de piedra tallados en los Jardines Reales, disfrutando de la vista de los grandes árboles siempre floridos en honor a su Reina Hechicera.
Me vi caminando los senderos de piedra caliza, mirando con asombro los enormes árboles que flanqueaban el paso, únicos en todos los páramos.
Aunque llevábamos un gran cargamento de armas y armaduras, mi despreocupación se debía a que confiaba ciegamente en los atentos ojos expertos de Ati Gande, que caminaba con paso seguro a mi lado.
El peón contratado para guiar el carro se veía algo alterado, al igual que el kank que tiraba del carro, y aunque ya lo habíamos notado, seguimos adelante. Sabíamos que era una zona peligrosa, y más aun para un grupo de viajeros de Tyr que no estaba en buenos términos con el resto de las Ciudades Estado de la región.
El kank se frenó de repente deteniendo en seco el carro y al peón que lo llevaba a tiro del tiento de su bozal.
Desde una rama a unos cinco metros de altura, vi saltar un mul, su torso musculoso, cubierto de cicatrices, los dientes apretados y una porra de hueso agarrada a dos manos. Su objetivo era claramente el gigantesco insecto que tiraba del carro.
Otros dos hombres, aparentemente humanos saltaron al camino para cortarnos el paso. El cuarto, un semi-gigante como Ati Gande apareció de la oscuridad de los árboles que ya habíamos sobrepasado.
Yo había insistido en que fuésemos sólo Ati y yo para ahorrar un poco en los gastos de nuestra armería. Y me alegró haberlo traído conmigo.
Ati Gande blandió la espada en su mano derecha, golpeando de lleno el torso del mul mientras caía, sus costillas inferiores crujieron y se partieron. Fue a golpear con un estruendo la vereda de tierra y rodó varios metros en el polvo oscuro. El tajo en sus costillas se llenó de sangre y barro.
Ati saltó hacia el mul y lo remató con su espada izquierda, atravesándolo por debajo del sobaco. No volvió a moverse.
Uno de los humanos detuvo su paso y movió las manos recitando algunas palabras y apoyando su mano en el hombro de su compañero mientras este se adelantaba. En ese momento no sabía mucho de magia, pero estaba seguro que el hechizo no me iba a gustar. El paso del segundo hombre se aceleró y vi sus manos moverse a gran velocidad. Conocía el efecto, pues yo podía hacer lo mismo. Lo imité y esperé que me atacara.
Un estrépito me hizo mover la cabeza en dirección a Ati Gande y vi al otro semi-gigante golpearlo con un tronco de árbol que usaba de mazo. Pero Ati conocía muchas técnicas y maniobras aprendidas en las arenas gladiatorias, el segundo y tercer ataque de su contrincante no fueron problemas para él. Desvió ambos ataques sin esfuerzo y continuó atacando y girando ambas espadas de forma que su enemigo no podía acercarse a él.
Sabiendo que él se encargaría del semi-gigante, me enfoqué en los dos humanos que tenía enfrente. El guerrero se lanzó al ataque a toda velocidad, abanicando su espada de hueso de derecha a izquierda. Su destreza era admirable, pero aunque en el combate cuerpo a cuerpo siempre fui menos que mis compañeros, puedo hacer alarde de mi velocidad de pensamiento. Era más peligroso el mago que había quedado retrasado. Mi apuesta fue muy simple, corrí hacia él, aún cuando sentí el golpe en mi hombro derecho.
Mis cimitarras cortaron de abajo hacia arriba y las piernas del mago se laceraron en toda su extensión. Las palabras mágicas nunca salieron de sus labios. Giré sobre mi cintura y quedé a sus espaldas.
El caparazón del kank se manchó de sangre cuando Ati cortó el estómago del semi-gigante que cayó de rodillas al suelo. Segundos después le cortó la garganta de lado a lado.
El mago quiso escapar de mi, pero mi espada se clavó a la altura de sus riñones y su energía me curó el hombro al instante. Había querido sacar algo de su morral, pero cayó sin vida con un puñado de vellón en su mano.
El guerrero corrió para refugiarse en la oscuridad del bosque, pero no me costó mucho hacerlo caer a la velocidad que se retiraba. Ati se movió hacia donde se encontraba, y lo levantó del pie.
− Como siempre decimos… usted nos proveerá. − dijo Ati, mientras lo sacudía con fuerza, arriba y abajo. Algunas piezas de arcilla cayeron de sus bolsillos.

Miré las cartas en mis manos, mientras las iba pasando una a una. Publicidades, invitaciones a participación política, unas cuantas facturas para pagar. Entre los sobres, había una que sobresalía por su textura un poco ajada y de extraña forma, incluso el olor demostraba que algo no era normal.
La mire a contraluz y la sombra reveló una pequeña tarjeta como de la mitad del tamaño que el sobre que la contenía. No había remitente, sólo mi nombre en la solapa al lado del sello postal.
Corté el sobre y sentí una sensación que me amargó la boca. Me concentré unos segundos y pude sentir los sentimientos marcados en el papel. Mucho odio.
− No debería de tocar el contenido… − escuché la voz de Pancután a unos cuantos metros de mi persona. Lo miré algo intrigado, por lo dicho y porque no esperaba que me encontrara tan rápidamente. − El Jefe me pidió que te buscara, tiene que hablar con vos... Alguien te quiere ver muerto, Quike. −
Sonreí levemente. − Tenemos mucho de qué hablar, narigón. − Le dije, esperando una reacción de su parte, pero ni se movió.
− ¡Yo no te digo pelado… vos no me decís narigón! − Sus palabras fueron reforzadas por el arma en su cinturón.

Este episodio está dedicado a mi amigo ElNero, fiel seguidor de mi blog. Gracias Nero por todos los comentarios que me haces.

jueves, 29 de octubre de 2015

038 – Diciembre del 2001 – 2da Parte



Las palabras de Artelex aún sonaban en mi cabeza y aunque no lo pude seguir con la vista, aún sentía su presencia, como si estuviera respirando a pocos centímetros de mi cuello. Fernando notó mi preocupación y me preguntó varias veces en nuestro camino al Obelisco.
Traté de disimularlo al principio, pero terminé contándole. Le dije que lo había visto, que sabía que estaba por ahí, pero lo había perdido en la multitud.
No me podía quitar la idea que quizás estábamos acompañando a los que podrían ser los responsables de pérdidas graves, materiales y humanas.

En las calles cercanas a la Avenida Corrientes la gente ya se apretujaba para caminar, incluso por aquellas calles poco iluminadas. Todo el mundo con sus cacerolas, sin distinción de edades, ni clases sociales. Cantando a viva voz varios cánticos, que de alguna forma decían lo mismo. Me llevó a pensar que es muy extraño que alguien no estuviese organizando todo eso… he ahí mi paranoia nuevamente. Pero desde el movimiento de gente, hasta lo que decían, estaba muy organizado para ser espontáneo. Por otro lado, no es descabellado pensar que la gente se sincroniza y simpatiza con los que tiene alrededor, logrando un tono unísono.
El canto se hizo grito mientras íbamos acercándonos y para cuando nosotros llegamos a una cuadra de la Avenida 9 de Julio, los principales grupos de militantes habían alcanzado ya el Obelisco. Se podía sentir una energía muy extraña, la energía de la gente que quería cambiar todo, de raíz: “Que se vayan Todos”.

Tratamos de acercarnos al epicentro, pero era realmente muy difícil. Enormes masas de gente se movían de un lugar a otro, como si fuesen grande pogos en recitales de bandas multitudinarias, y Fernando insistió en que nos quedáramos a un costado.
Igualmente, la vista era impresionante. Miles de personas estaban ahí porque realmente les preocupaba lo que estaban viviendo.

– No podemos caminar una semana por el desierto calcinante solamente para ver si existe la posibilidad de luchar a las puertas de Urik – se quejó Adunaphel y Cook sólo golpeó los cascos de sus patas delanteras con fuerza como respuesta.
– No es por casualidad que Rikus nos haya pedido que nosotros vayamos a pelear a su lado – replicó Jeep girando su karikal con gran habilidad. Cook lo miró afirmando lo dicho.
– Somos el elemento sorpresa y Hamanu no tendrá posibilidades contra los Héroes de Tyr. ¿Qué dices Quike? – Dijo Cook colocando su mano en mi hombro.
Yo tenía mis dudas, estábamos yendo hacia la guerra declarada contra un Rey Hechicero, pero no sólo eso. Amanu era conocido por sus estrategias de guerra, y un guerrero excepcional. En ese momento no estaba preparado para tal afrenta. – He cruzado las montañas y enfrentado las criaturas más peligrosas contigo, hermano. No me voy a echar atrás ahora. – las palabras me salieron solas.
Si hubiésemos tenido el apoyo de una multitud como la que tenía a mi lado ahora. Con esta convicción. Posiblemente el resultado hubiese sido otro.

Pero siempre hay alguien que tira la primera piedra. No sabría decir de cual lado, aunque no es difícil hacer conjeturas al respecto: La Policía no lleva piedras para contener las multitudes y hasta ese momento todo había ocurrido en una relativa paz; con gran energía, pero sin causar problemas mayores.
Eso fue sólo el principio. Vi gente arrojando molotov improvisadas, eso nos estaba diciendo que todo estaba preparado y como dice el dicho “el Diablo ya había metido la cola…” como ya me lo había anticipado.
El lugar se volvió un caos, y eso es algo que nunca me agrada. Un grupo de personas con las caras cubiertas, llevaban palos encendidos para embestir contra la Policía. Pero del otro lado no se quedaron callados, ni quietos y tomaron represalias. Creo que la orden no había sido muy clara, de lo contrario me haría dudar mucho de la cordura de nuestras Autoridades. (Nótese la ironía en mis palabras).
Se escucharon varios disparos, y la multitud se dispersó. Varios heridos por balas de goma, pero luego vi gente con la cara ensangrentada, arrojando cosas. La Protesta justa y legal ya no era una prioridad, convirtiéndose en una catástrofe.
Fernando fue grabando todo lo que pudo en su moderno celular. Para tener una crónica detallada de todo lo que estaba sucediendo.

Busqué a Artelex activamente, pues sabía que debía estar en el lugar. Aunque nunca lo había visto actuar directamente en los hechos, siempre estaba en las cercanías, disfrutando del espectáculo resultante. Al cabo de varios minutos, lo vi entre la multitud que aún permanecía en el lugar.
Quizás si lo detenía de alguna forma, podría cambiar en algo la situación, pero no estaba seguro de eso.
Se escuchaban las sirenas de las ambulancias y la policía, y en el medio del caos, la gente corría intentando alejarse de los activistas y de la policía.

Sabía que lo estaba observando, así que me acerqué sin sigilo, caminando directamente. Aún sin mirarme, me sonrió. – ¿Qué vas a hacer? – me dijo cuando ya estaba a unos dos metros de distancia.
– Podrías detener esto, ¿no? – sabía que mi pregunta era idiota y esperaba una respuesta igual. Comenzó a reír como si lo estuviera disfrutando, y me contuve por un momento. – ¿Es este? – escuché la voz de Fernando a mi lado. Me había seguido, atento, grabando todo.
No teníamos nada tangible, tan sólo mi paranoica corazonada, y a Fernando eso no le servía de nada.
Me adelanté rápidamente, y el tipo no se esperó esta reacción. Lo tomé de su perfecta camisa Armani e imaginé que estábamos en lo alto de la azotea del Hotel Obelisco, y ambos aparecimos a unos diez metros por arriba del techo. Sólo tuve que soltarlo y verlo caer de espaldas en el sobretecho de metal. Controlé la velocidad de mi caída, para no impactar también yo contra el techo. Pero en el momento que mis pies tocaron la cornisa, vi sus manos venir raudamente hacia mí. Sus palmas estaban recubiertas de brea y al golpear mi pecho me vi volando en dirección a la calle.
Me di cuenta que si chocaba contra el piso a esa velocidad, no iba a poder reponerme. Esperé a pasar por las copas de los árboles y dibujé una puerta con mi mente, la salida la coloqué cerca a unos tachos de basura de plástico, de esos para reciclaje. Pero la inercia aún así me jugó una mala pasada, y aunque el golpe no fue directo contra el asfalto, me costó un par de minutos reponerme. Un par de personas vinieron a socorrerme, mis piernas estaban sangrando y mi hombro derecho estaba fuera de lugar.
Respirando profundamente, coloqué mi hombro de vuelta en su lugar. Fernando corrió hacia donde yo estaba. – No sabía dónde te habías metido, pelado… – en ese momento algunas de mis heridas comenzaron a cerrarse.

– ¡Realmente has logrado ponerme de malas. Extranjero! – dijo Artelex que se dirigía hacia mí separando gente con ambas manos. Yo separé a Fernando, colocándolo detrás de mí.
Vi las manos oscuras del tipo que goteaban a cada paso. Tomé aire y endurecí mi cuerpo como la roca, al punto que algunas costuras de mi traje crujieron, listas para romperse.
– No te servirá de nada – dijo mientras se lanzaba contra mí. Un policía se interpuso para detenerlo, pero su puño derecho le partió algunas costillas, sin siquiera detener el paso. Su puño golpeó desde arriba, una y otra y otra vez. Detuve los golpes, pero aún así sentía el dolor de cada uno de ellos. El cuarto y el quinto golpearon sobre mi rostro y sentí todo dar vueltas.
No entendía nada de lo que había sucedido, pero sólo sentía que la energía se me estaba escapando y pensé que quizás estaba extrayendo mi energía vital con cada golpe. El pecho me dolió terriblemente, y los brazos cayeron inertes a los lados.
La gente gritaba que pare, pero el tipo no los escuchaba. Vi un policía dispararle de costado con su escopeta y Artelex fue tirado hacia un costado. Fernando se apresuró a socorrerme.
Varios policías le cayeron encima y lo último que vi, fue su rostro sonriente cuando se lo llevaban esposado.

Todo se puso negro.

El Presidente de la Rua presentó la renuncia ese mismo día. Y según escuchamos, más de cuarenta personas resultaron muertas en las represalias. Al final, se había cumplido lo que Rosario había previsto, pero no sé si yo cumplí mi parte.

Lo único que entendí en ese momento, es que no estaba preparado para pelear contra este tipo, y quizás se merecía más respeto. Lo había tomado en broma, pero era serio. Igual a aquellos tiempos, cuando desafiamos a los Reyes Hechiceros. No aprendo.



Las cosas no siempre salen como uno las ha planeado, a veces uno no puede ver la dimensión de las cosas hasta que las tiene enfrente. Lo que no implica que uno se tenga que dar por vencido. 
Las cosas pueden cambiar, sólo hay que luchar por ello. (Es algo que Quike diría).